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Piensa en la sucesión de casualidades
que te han llevado a conocer a equis.
Piensa en ese tren o ese viaje
sin el que ahora mismo
no querrias ser la estación favorita de equis
ni incendiar todo el invierno que tiene en sus labios.

Sin esa palabra inutil a destiempo
quizás ahora mismo el silencio que hay entre vosotros
no se te antojara ruido.

Puede ser que al tratar de despejar la ecuación,
incognita y resultado coincidieran en que equis es a la vez error y solución del problema.

Recuerda las carreras
en las que equis pensaba
que lo importante era llegar antes y no a la vez.
Y recuerda como llegasteis a las carreras,
y a los descansos en los besos de las carreras, 

y a las carreras de besos,
y a la resistencia de besos entre carreras,
y a la resistencia del casi beso del final,
y a la resistencia que le ponias a tus ganas,
y a tus ganas.

Acuerdate de las conversaciones a ojos vendados,
de las ganas de volar todo por los aires
y acabar prefiriendo siempre sentir
el vértigo de su mirada en tus ojos.
Acuerdate de cómo quemaba su piel,
de cómo lloraba su sur
y de cómo conseguisteis que el infierno ardiera.

No te olvides de las idas y venidas de equis, 

de las dinámicas del cambio del continuismo cada vez que rodeabas sus vertices,
del punto en el que se cruzaban cada uno de sus limites
y de cómo reaccionaba equis cada vez que se le cruzaban los tuyos.

Recuerda también todos los errores de cálculo 

por preferir resolver los contratiempos mecánicamente,
cuando sabiais que no habia nada mejor que lo hecho a mano;
recuerda cómo cada golpe de gesto te desarmaba
y cómo los fallos que cometiais
sumaban segundos al tiempo que os debisteis.

Siente el salitre en tus dedos
y lo bien que rimaban la calma y su pelo. 

Siente cada trago amargo
que te llevaba a la salida de un laberinto
que conocías de memoria y donde siempre esperaba equis.

Acuerdate de cómo equis se resolvió
y todo dio igual a cero.

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